domingo, 13 de agosto de 2017

REEDICIÓN REVISTA 'AMOR Y RABIA', 11: «EDUCACION, UNA TORTURA MODERNA»

El presente número que hemos reeditado fue publicado hace más de 20 años, el 17 de mayo de 1996. Contiene un texto denunciando la LOGSE (como ha pasado el tiempo) y la adaptación de Ekinza Zuzena de un cómic del grupo anarquista Motín, de México



O, también, para recibirlo en formato PDF basta con solicitarlo a nuestra dirección email:
colectivo.editorial.ayr@gmail.com





viernes, 11 de agosto de 2017

PREÁMBULO A LOS ESTATUTOS PROVISIONALES DE LA PRIMERA INTERNACIONAL


CONSIDERANDO:

Que la emancipación de los trabajadores debe ser obra de los trabajadores mismos, que los esfuerzos de los trabajadores por lograr su emancipación no deben tender a crear nuevos privilegiados, sino a establecer para todos derechos y deberes iguales y aniquilar la dominación de cualquier clase.

Que la dependencia económica del trabajador de los detentores de medios de trabajo, es decir de las fuentes de la vida, es la causa primera de su esclavitud política, moral, material.

Que la emancipación económica de los trabajadores es por tanto el gran objeto al que todo movimiento político debe ser subordinado como medio.

Que todos los esfuerzos hechos hasta el presente han fracasado faltos de solidaridad entre los obreros de diversas profesiones en cada país, y de una unión fraternal entre los trabajadores de las diferentes comarcas.

Que la emancipación del trabajo, no siendo un problema local ni nacional, sino social, abraza a todos los países en los que existe la vida moderna y necesita para su solución de su consumo teórico y práctico.

Que el movimiento que reaparece entre los obreros de los países más industriales de Europa, haciendo nacer nuevas esperanzas, da una enorme advertencia para no recaer en los viejos errores, y les empuja a combinar inmediatamente sus esfuerzos aún aislados.

Por estas razones:

Los abajo firmantes*, miembros del Consejo elegido por la asamblea del 28 de septiembre de 1864, en Saint-Martin’s Hall, de Londres, han tomado las medidas necesarias para fundar la Asociación Internacional, así como todas las sociedades o individuos adheridos, reconocerán como base de su conducta hacia todos los hombres: la verdad, la justicia, la moral, sin distinción de color, creencia o nacionalidad.

Consideran como un deber reclamar para todos los Derechos del Hombre y del Ciudadano. Nunca más deberes sin derechos.

Es en este espíritu que ellos han redactado el reglamento provisional de la Asociación Internacional.

(1864)


  * Entre los firmantes figuraban 21 ingleses, 10 alemanes, 9 franceses, 6 italianos, 2 polacos y 2 suizos, la mayoría exiliados políticos.

domingo, 6 de agosto de 2017

EL ANARQUISMO, UNA PÁGINA ARRANCADA DE LA HISTORIA


J. CARO

Hay una página arrancada de la Historia, una página que no aparece en los manuales y textos oficiales, y que, por tanto, permanece ignorada y desconocida para la mayoría de la gente. Esta página ha sido deliberadamente borrada del libro de la Historia para intentar condenar al olvido una serie de hechos y acontecimientos que el poder, pasado y presente, prefiere mantener ocultos. Y esta página suprimida de la Historia se llama anarquismo.

Lo puedes comprobar fácilmente: tanto en el cine como en TV rara vez es mencionado; y en los libros de estudio, salvo que busques e indagues por tu cuenta en fuentes alternativas, la versión mostrada suele ser tendenciosa y falsa. Ya sea en unos u otros medios, el anarquismo es sistemáticamente denostado, tergiversado y falseado hasta retorcerlo y convertirlo en lo contrario de lo que en realidad es.

Más allá de programas ideológicos que, si he de ser sincero, me interesan más bien poco, para mí el anarquismo es un ideal de libertad y justicia social. Las ideas libertarias son indestructibles por una sencilla razón: porque forman parte de la mejor esencia del ser humano, aquella que le proporciona un sentido de dignidad e integridad como persona y le alienta a luchar por sus derechos. Y estas ideas vienen animando a la humanidad desde sus albores. Este ideal ha hecho que se consigan grandes logros y avances sociales, como fueron la abolición de la esclavitud, la liberación de la mujer y el reconocimiento de los derechos humanos a nivel universal, entre otros, mejorando el nivel de vida de la gente, al menos en ciertas zonas del mundo. Aunque todavía quedan muchas carencias que resolver, el progreso en muchos ordenes de la vida es más que evidente, a pesar de aquellos que prefieren afirmar que las cosas nunca cambian y que jamás se consigue nada, como son todos esos quintacolumnistas del fracaso y la derrota en las luchas populares.

El anarquismo es habitualmente acusado de utópico, de pretender alcanzar algo imposible, pero ya sabemos que la utopía sirve para caminar y lo imposible a veces se vuelve posible, como ha demostrado el espíritu humano en más de una cumbre de montaña. No obstante, es preciso reconocer en honor a la verdad que, en una sociedad dominada por los medios de comunicación y en la que impera la cultura del consumo, la competitividad y el conformismo, los ideales libertarios parecen extraños e insignificantes a su lado.

La élite capitalista que domina el mundo, los dueños de los bancos y las industrias, con los políticos a su servicio para asegurarse el dominio de las instituciones del Estado, puede permitirse el lujo de mantener una ilusoria apariencia democrática. Ante tan colosal oponente, el anarquismo viene a suponer la molestia de un mosquito. Pero no olvidemos que hay insectos diminutos capaces de inocular el virus de una enfermedad mortal en organismos infinitamente superiores como el ser humano.

Y eso exactamente es el anarquismo para el sistema capitalista. Una amenaza para su organización social fundada en el dinero y la jerarquía de clases. Quizá pueda parecer que los resultados han sido pocos, que las conquistas han sido escasas, y que aún nos debatimos en una lucha sin futuro.

Sin embargo, es preciso desterrar esta creencia falsa de la inutilidad del esfuerzo y de la lucha. La historia nos demuestra que las conquistas sociales han sido muchas y profundas, como pueden atestiguar multitud de hombres y mujeres en grandes partes del mundo. Bien es cierto que todavía queda un largo y arduo camino por recorrer hasta que todos podamos disfrutar de una vida libre, digna y plena.

Muchos son los éxitos logrados a lo largo de la historia, pero quizás el más significativo de todos haya sido el hacer que la gente sea consciente de sus derechos humanos. Las reivindicaciones han calado entre aquellos que realmente desean vivir en libertad.

Con frecuencia se nos dice que tengamos paciencia. Se nos dice que los recortes en materias sociales son necesarios, aunque afecten a la vida de millones de personas. Se nos dice que en estos momentos lo más importante es consolidar la economía. Se nos dicen muchas cosas desde hace demasiado tiempo. Durante los miles de años que llevamos esperando, siempre se han antepuesto los intereses de los más ricos a los de la inmensa mayoría de la gente común y corriente. Siempre hay cosas más importantes de las que ocuparse que mejorar las condiciones de vida de la clase trabajadora, que realmente es la que sustenta el país. Pero ya hemos aprendido que no es a base de paciencia como se consiguen las cosas, sino a base de presiones y movilizaciones colectivas. Es hora de dejar constancia de nuestra protesta.

Las mejoras conseguidas no han llovido del cielo, ni son una deuda que debamos a filántropos humanitarios o dirigentes magnánimos, ni ha sido el devenir de la sociedad el que nos conducido de forma natural hasta donde estamos. Más bien al contrario. El poder nunca regala nada. Para lograr cualquier progreso, ha sido preciso luchar y hacer frente a una fuerte oposición por su parte. Y reclamar el carácter movilizador de este proceso y el papel jugado por las luchas populares no sólo es una cuestión de justicia sino un deber imprescindible para conservar nuestra memoria colectiva.

Las ideas de libertad y justicia social constituyen, a mi entender, la base del anarquismo, y están asimismo en el sentimiento y la razón que anima a los oprimidos desde el inicio de los tiempos. Revolucionarios eran en su búsqueda de liberación los esclavos que se enfrentaron al Imperio romano. Espartaco y sus gladiadores vencieron a las temibles legiones romanas durante varios años, creando al mismo tiempo un enorme ejército de esclavos liberados con el que pusieron en jaque a la poderosa Roma, dueña de medio mundo. Fracasaron al final, es cierto, por muy diversas razones, y su recuerdo se pretendió eliminar de los libros de Historia para que no sirviera de ejemplo a las generaciones futuras. Pero su heroica gesta era de tal magnitud que no pudo ser destruida por completo, y la rebelión de los esclavos permaneció en la memoria de todos aquellos que lucharon contra el poder posteriormente.

Desde las revueltas de comunidades campesinas contra el señorío feudal durante el Medievo, a las sucesivas revoluciones que sacudieron los cimientos de naciones enteras, toda lucha por la libertad y la justicia social a lo largo de la historia ha ido cimentando las bases que sustentan el anarquismo, pues en todo alzamiento popular estaba el ideal ácrata sirviendo como detonante para las acciones de rebelión.

Donde el pueblo se levantaba y alzaba la voz reclamando sus derechos, allí estaba el anarquismo. Estaba en la revolución mexicana luchando al lado de Zapata y los campesinos indígenas que exigían Tierra y Libertad, estaba con los franceses que apoyaron el poder popular de la Comuna, y estaba con los anarquistas españoles que combatieron el fascismo durante la Guerra Civil.

Es inevitable y natural que donde haya opresión, exista anhelo de libertad. Donde la gente sufre pobreza y necesidad, tomará por la fuerza lo que necesita. Es un hecho evidente que se repite siempre en la historia: el único resultado de la represión es el fortalecimiento y la unión de los reprimidos. Pero el poder sólo considera adecuados los medios para mantener a la gente sujeta y obediente, crédula a ser posible de convenientes doctrinas religiosas, patrióticas o simplemente monetarias, con el fin de impedir la revuelta, mientras persisten las causas de la misma.

El anarquismo perpetúa una larga herencia de lucha en contra del poder establecido, con un ideal como meta individual y colectiva: la dignidad y la libertad del ser humano. El anarquismo aspira a un mundo más justo y solidario, más libre y humano, donde el respeto a los demás constituya el límite de la libertad personal, un planeta donde todos, humanos, animales, plantas y árboles, podamos desarrollarnos y ser nosotros mismos en armonía con la naturaleza. Todo eso y mucho más persigue el ideal anarquista.

Por tanto, estará siempre allá donde alguien se rebele contra la injusticia y la explotación. Estará donde exista pobreza e ignorancia. Estará donde alguien sufra y sea reprimido. En cualquier sitio donde la gente honesta y decente se vea sometida, allí estará. El anarquismo estará en todas partes, donde quiera que se luche por la libertad y la justicia social, allí estará.

De igual modo, estará allá donde las personas tiendan una mano amiga, donde alguien trate de hacer un mundo mejor para todos, donde se pueda vivir dignamente del trabajo propio sin nadie que se aproveche, donde los hambrientos puedan comer, donde los sometidos puedan alzarse, allí estarán las ideas libertarias.

En todos y cada uno de estos sitios, allí estará el anarquismo, un ideal de libertad y justicia social que no puede morir ni ser eliminado porque forma parte innata y esencial del mismo espíritu humano.

Nº 348 / julio 2017

lunes, 31 de julio de 2017

A PROPÓSITO DE LOS ÚLTIMOS ATENTADOS YIHADISTAS


Nº 348/julio 2017

Los últimos atentados cometidos en Inglaterra nos animan a reflexionar sobre la lucha contra el terrorismo, la guerra santa, la venganza política o vete a saber qué otros nombres le dan, tanto unos como otros, a este despropósito. Esta competición que consiste en ver quién mata más inocentes, ya sea en atentados en la calle como en bombardeos indiscriminados sobre la población civil, que nada tiene que ver con esta guerra no declarada en la que unos en nombre de Dios y otros en nombre de los intereses capitalistas pretenden dictarnos lo que tenemos que pensar, hacer, decir, trabajar, vestir, comer, beber... a base de ajusticiar injustamente inocentes que nada tienen que ver con su conflicto particular, pero que son los que están muriendo o perdiendo a sus seres queridos, su libertad, su dignidad. Esta es una guerra que ya está durando demasiado y que está causando unos daños irreparables a nuestra libertad, nuestra autonomía personal y colectiva, nuestra personalidad y nuestro libre albedrío, reduciéndolos a cenizas.

Como anarquistas condenamos este tipo de actitudes y a los que caen en ellas, sean del color, la religión y la condición social que sean. Pero no podemos por más que plantearnos una serie de cuestiones que podrían arrojar luz sobre el yihadismo, su auge y extensión a los países occidentales. A los países que condenan con tanta vehemencia los atentados yihadistas habría que preguntarles por qué no condenaron con la misma vehemencia los bombardeos indiscriminados contra la población civil en Iraq, Afganistán, Libia o Siria que causaron tantas víctimas inocentes. ¿Acaso eso no es terrorismo? Esos bombardeos indiscriminados se convirtieron en verdaderas fábricas de yihadistas. ¿Quién entrenó, financió y armó a todos estos grupos en los últimos años de la Guerra Fría para luchar contra el bloque antagonista? ¿Por qué unas víctimas son llamadas víctimas y otras víctimas daños colaterales? ¿Quién es el doctor Frankenstein que ha creado estos monstruos que después se han escapado de su control?

¡Ya está bien! A ver cuándo nos enteramos de que por encima de cualquier consideración política, económica, religiosa o social están el ser humano y el resto de los seres vivos.

Federacion Regional de Grupos Anarquistas
de Euskal Herria


domingo, 9 de julio de 2017

COMUNICADO ANTE EL FALLECIMIENTO DEL BAILARÍN Y COREÓGRAFO PEDRO-AUNIÓN DURANTE LA CELEBRACIÓN DEL FESTIVAL MAD COOL

CNT-Madrid
08 Julio 2017

Desde la Sección Sindical de Artes Escénicas y Cinematográficas y el Sindicato de Artes Gráficas, Comunicación y Espectáculos de la CNT, expresamos nuestra más profunda indignación ante la noticia del fallecimiento en la noche de ayer viernes 7 de Julio de 2017, del bailarín y coreógrafo Pedro Aunión, mientras ejecutaba su espectáculo y el comportamiento inhumano de la organización del festival.

Hay dos aspectos realmente preocupantes en este caso. Por un lado, la falta de seguridad en un tipo de actividades en que el riesgo de caídas graves es muy elevado. No se puede ni debe consentir la falta de seguridad de los y las trabajadoras que realizan su gran labor artística. ¿Qué ha fallado en este caso? ¿Qué medidas de seguridad se habían adoptado? Debe ser una prioridad garantizar que ningún trabajador/-a pueda fallecer por realizar su trabajo. Se nos vienen a la mente las redes que los trapecistas circenses instalaron para su seguridad. ¿Por qué en este tipo de espectáculos no hay medidas similares que puedan evitar un desenlace tan fatal como el ocurrido anoche? De enero a abril de 2017 se han registrado 158.736 accidentes de trabajo, de los cuales 169 han resultado mortales, 496 muertes en 2016, según fuentes del Ministerio de Empleo. Anoche se vivió en directo un ejemplo más de como la falta de previsión puede acarrear graves consecuencias a quien trata con su arte de entretener y deleitar a un público cada vez más exigente.

Por otro lado, nuestra mayor repulsa ante la decisión de la organización del festival de seguir como si nada. No solo estamos ante una falta del más mínimo respeto, sino también ante una total deshumanización que no puede, ni debe, arraigar en los festivales. Se supone que son eventos para la unión de sensibilidades y compartir experiencias culturales que unan y aporten crecimiento en lo personal, además de una vía de escape del estrés de una sociedad que nos exprime constantemente. Nos parece inconcebible que, ante la gravedad de lo acontecido, proyectado en pantalla gigante al público del festival, no se haya suspendido inmediatamente. Mirar para otro lado y esconder lo ocurrido bajo la alfombra, representa lo más cruel, incivilizado y alienante que esta sociedad puede albergar.

No podemos terminar este escrito sin mostrar nuestro cariño y apoyo a la familia y amigos de Pedro.

¡Qué la tierra te sea leve, compañero!

sábado, 10 de junio de 2017

SOBRE EL PATRIOTISMO

 

Por JULIÁN VADILLO

Estamos viviendo en aras de una sociedad donde todo parece superado y donde, al parecer, los hombres han llegado al culmen de los pensamientos. Pero este «culmen» de que se jactan muchos individuos no es puro, porque dentro de él aún anidan sentimientos desafortunados que han conducido a la humanidad a desastres inimaginables.

En consonancia con lo anterior aún seguimos oyendo palabras como nacionalismo, patriotismo, sentimientos tradicionalistas, etc. Estas defensas tan enconadas, en cualquiera de sus circunstancias, significan radicalmente la negación del individuo y de su más preciado honor, el libre albedrío y pensamientos del ser humano. Quién podría imaginar que, ya en el siglo XXI, esos pensamientos de la edad de las cavernas seguirían vivos y acrecentando su fuerza.

España ha sido un país que perfectamente ha ejemplificado hasta qué punto el patriotismo y el nacionalismo nos han conducido a la más aberrantes situación. Y aún asistimos a esa amalgama de sentimientos absurdos. El último congreso de los conservadores en España hace una defensa del patriotismo constitucional, haciendo ver que todo lo que se saliera de esas directrices pretendía destruir el espíritu españolista. Igualmente sigue viviendo los absurdos regionalismo y foralismo, simplificación al máximo de determinadas regiones en defensa de lo que es legítimamente suyo. Pero ambos parten de los principios erróneos de estratificación, sectoralizacion, desigualdad, frontera, etc. Lo que aquí parece que está tan alejado de lo que nos ofrecen los poderes fácticos, es una misma doctrina que peca de los mismos hechos, pero que pretende objetivos diferentes, pero ambos basados en la desigualdad y en ver conceptos abstractos por encima de las realidades humanas.

Igualmente se vuelve a tener una conciencia histórica escasa, con esa absurda idea del olvido, que en nuestra sociedad ha penetrado profundamente. El nacionalismo y el patriotismo en España han provocado millones de muertos y esto es debido a que ha incrustado dentro del ser humano la fatalidad del odio y de la exclusión, y de sólo ver la fuerza como único medio para imponer sus criterios. Y esto es hasta obvio, puesto que la única manera de que triunfe la sinrazón es mediante la imposición. Nos olvidamos muy pronto de los muertos del franquismo, muertos por la llamada «cruzada nacional». Personas cuyo único deseo era la libertad murieron por el capricho de otras que se empeñaban en negarla.

Si lo extrapolamos al ámbito mundial, por el mismo criterio Alemania quedó literalmente destrozada por el nacionalismo y el patriotismo, igual que Italia, Rusia, Turquía, Francia, etc. La lista sería interminable, pues por todos los rincones del mundo han surgido esos odios basados en principios falsos.

Desgraciadamente hoy todavía no se ha superado esto, y el olvido antes referido hace que esta idea arraigue como algo lógico y natural. El defender ciertos particularismos dentro de un ámbito folclórico es comprensible, pues es la costumbre de los pueblos. Pero el hacer de todo esto una bandera política y enfilarlo en odio contra otros es lo que no se debe hacer. La defensa de la bandera y el himno como algo vital, por encima de la conciencia de las gentes, es el mayor atentando al que se ha enfrentado la historia de la humanidad.

Ante toda la sinrazón y la locura nacionalista y patriótica, que aglutina a un determinado numero de gente, debemos anteponer un pensamiento cosmopolita, internacionalista, universalista. Lo anterior conduce inevitablemente al racismo, pero la mentalidad internacional mira más allá de cualquier concepción abstracta. Nosotros somos anarquistas, y también tenemos nuestra bandera: roja y negra. Pero esto no está circunscrito a un determinado ambiente sino que es una bandera universalista y por lo tanto no provoca una lucha fratricida. También como internacionalistas tenemos nuestro himno, el que Emile Pouget compusiera tras la Comuna de 1871, «La Internacional», himno de los trabajadores, de los alienados, de los explotados del mundo, de los que no se resignan a esa mentalidad cerrada y parceladora. Aun así, nosotros no anteponemos ninguna bandera ni himno a lo que son las aspiraciones del pueblo, pero el pueblo entendido sin distinción nacional, por encima de estereotipos patrióticos. El individuo es la parte fundamental de todo y con una cabeza libre y despejada podremos acabar por fin con las desigualdades que genera lo patriótico o nacional. El patriotismo y el nacionalismo son el último refugio de los cobardes.

Nº 166 - mayo 2002.

lunes, 24 de abril de 2017

APOGEO Y DECADENCIA DEL PRIMERO DE MAYO

París, 1 de Mayo de 1918.

Por Ángel J. Cappelletti

Cuando el Congreso internacional reunido en la sala Pétrelle de París, entre el 14 y el 20 de julio de 1889, decidió organizar cada año «una gran manifestación internacional… en todos los países y ciudades a la vez», con el objeto de lograr la jornada de ocho horas, fijó ya como fecha para la misma el 1º de Mayo. Tenía en cuenta, al hacerlo, que la «American Federation of Labor», en el Congreso celebrado en San Luis, en diciembre de 1888, había adoptado esa fecha para una manifestación análoga.

Pero, como bien hace notar Dommanget, en «la célebre resolución del Congreso de París que, hablando con propiedad, es el acta de bautismo del 1º de Mayo internacional, no se hace en absoluto cuestión de fiesta, sino de manifestación». Se trataba, en efecto, de presionar a los poderes públicos y de exigir una reivindicación esencial para la clase obrera. En un artículo famoso y muchas veces citado de Jules Guesde sobre los orígenes del 1º de Mayo tampoco se mencionaba para nada la palabra «fiesta»: se hablaba, más bien, de manifestación, impulso, imitación.

Los anarquistas, que habían protagonizado el movimiento por las ocho horas en los Estados Unidos y que habían dado la sangre de los mártires, no tenían una opinión unánime sobre la participación en las jornadas del 1º de Mayo. Todos convenían, sin embargo, en aquellos momentos aurorales, en repudiar la idea de «fiesta» para ese día. El Pére Peinard, el famoso remendón libertario, sostenía que «son los cobardes y los frenadores del socialismo quienes han "cortado el chicote al aire protestador y frondoso del 1º de Mayo", ladrando que era la fiesta del proletariado, al mismo tiempo que procesionaban ante los poderes públicos» (M. Dommanget, 1º de Mayo ¿fiesta del trabajo o día de la lucha emancipadora?, México, 1977, págs. 159-160).

Pero no fueron sólo los anarquistas sino también la inmensa mayoría de los socialistas quienes rechazaron al principio la idea de convertir el 1º de Mayo en fiesta del trabajo. Las razones de tal rechazo, que duró por lo menos hasta la Primera Guerra Mundial, son muy comprensibles. Una fiesta significa la celebración de un triunfo, el recuerdo de una victoria. Pero la clase obrera, aun después de la conquista de la jornada de ocho horas, estaba lejos de haber triunfado. Si se podía hablar de fiesta no era, en todo caso, sino una fiesta del futuro, para cuando, como escribía Adrien Véber, «el victorioso empuje del socialismo y la instauración progresiva del colectivismo transformarán en una verdadera fiesta este austero aniversario, este acto de fe revolucionaria y de comunión internacional» (citado por Dommanget).

Algún historiador superficial podría imaginar hoy, leyendo los periódicos socialistas y anarquistas de la época, que tal oposición a celebrar una fiesta del trabajo y del trabajador obedecía a un escrúpulo del revolucionarismo doctrinario o constituía una mera formalidad protocolar. Basta con recordar, sin embargo, para aventar tan ligeras suposiciones, que quienes pretendían instituir el Primero de Mayo como fiesta internacional del trabajo eran nada menos que los personeros de la burguesía y representantes oficiales y oficiosos del gobierno. Nada más conveniente para ellos, sin duda, que convertir la fecha en una celebración poética o, mejor aún, en una concelebración de la naturaleza primaveral y del trabajo humano. Nada mejor que los cánticos jocundos y las guirnaldas de flores para exaltar la concordia de clases y la armonía social. No olvidaban éstos que ya los romanos habían celebrado el 1º de Mayo como festividad de las flores y de los cereales, ni, por otra parte, que en Australia el reformismo obrero había logrado, desde 1855, la jornada de las ocho horas, por lo cual celebraba la fiesta del trabajo en fecha próxima, esto es, el 21 de abril.

El movimiento obrero internacional y particularmente los anarquistas se negaron rotundamente a cohonestar este fraude y a colaborar con la domesticación de una fecha que había sido y quería seguir siendo clasista y revolucionaria.

Sin embargo, lo que no podía ser una «fiesta» de la armonía social y una celebración de la paz de los esclavos con el amo benévolo, se transformó pronto en algo más que una movilización por las ocho horas. Adquirió un significado trascendente al unirse al recuerdo fervoroso de los mártires de Chicago y llegó a ser día ecuménico de los trabajadores en lucha y, si así pudiera decirse, también «fiesta» de la sangre y del sudor del pueblo, más parecida por eso a una conmemoración religiosa que a una efemérides nacional o a un cumpleaños del gobierno.

Como tal se celebró, durante muchos años, en la mayoría de los centros obreros de Europa y de América, desde París a Buenos Aires y desde Río de Janeiro a Berlín. Y no dejó de presenciar, a través de los años, la caída de nuevas víctimas de la represión policial. Así, para citar sólo dos ejemplos de países muy distantes entre sí, en Fourmies, Francia, en 1891, las fuerzas policiales dispararon sobre una multitud desarmada y pacífica y dieron muerte a varios hombres, mujeres y niños; en Buenos Aires, Argentina, en 1904, durante la manifestación convocada por la Federación Obrera Argentina [FORA a partir de 1904, FOA entre 1901-1904], un obrero resultó muerto y otros quince heridos (cfr. Iaacod Oved, El anarquismo y el movimiento obrero en Argentina, México, 1978, pág. 337 ss.).

Tuvo el 1º de Mayo, por otra parte, sus oradores, sus dramaturgos y sus poetas. Charles Gros, Etienne Pédron, Clovis Hugues, Olivier Souetre y Gastón Couté (que cantó en argot parisino al día de los trabajadores) en Francia; Emil Szepansky y Ernst Fischer, en Alemania; Amedeo Vannucci, Pietro Petrazzani y Pietro Gori (autor de un esbozo dramático donde se canta un himno proletario con la música del Nabucco de Verdi) en Italia, fueron algunos de los vates populares de la fecha proletaria. Inclusive un escritor célebre en los círculos literarios de su época, Edmundo de Amicis, el autor de la universalmente conocida y traducida novela Cuore, escribió sobre el 1º de Mayo, exhortando, un tanto ingenua y sentimentalmente, a los capitalistas a unirse al socialismo (cfr. M. Dommanget, El 1º de Mayo en la canción y la poesía populares, México, 1977, pág. 193-226).

Sin embargo, poco a poco, el espíritu combativo que floreció en mártires y en poetas, se fue desgastando en las grandes masas obreras.

Con la domesticación de los sindicatos, ya sea por la complicidad del voto (que eleva a sus dirigentes al parlamento), ya por la implacable maquinaria del partido único y del Estado omnipotente, el 1º de Mayo comenzó a perder su significado prístino de manifestación internacionalista y clasista, de rememoración dolorida, pero combativa, del martirio de Chicago.

En algunos países, que dejaron de celebrar la fiesta del trabajo el 19 de marzo, día de San José, para trasladarla al Primero de Mayo (de acuerdo con el criterio de la clase obrera), la fecha se sigue celebrando con misas y tedéums. En otros, da lugar a desfiles marciales, bajo la paternal mirada de los nuevos amos. En otros, en fin, el 1º de Mayo es recordado en programas de radio y televisión, ocupa las columnas de la prensa burguesa y ocasiona piadosas congratulaciones en las cámaras legislativas y en las centrales patronales.

Todo esto comporta una tergiversación que podría considerarse cómica, si no tuviera mucho de trágica. Dijo muy bien el anarquista gallego Ricardo Mella: «Los años siguientes al bárbaro sacrificio (de los mártires de Chicago) se luchó valientemente; la huelga general ganó las voluntades y cada 1º de Mayo se señaló por verdaderas rebeldías populares. Los aldabonazos de la violencia repercutieron terroríficos en diversas naciones. Y a través de este periodo heroico, las ideas de emancipación social han adquirido carta de naturaleza en todos los pueblos de la Tierra. No espantan ya a nadie las ideas socialistas o anarquistas. De ellas andan contagiadas las mismas clases directoras. En sus bibliotecas hay más libros sediciosos que en las casas de los agitadores y de los militantes del obrerismo revolucionario. Y acaso también en los cerebros de aquéllos, más gérmenes de revueltas y de violencia que esperanzas en los corazones proletarios. Ha pasado la época heroica. Se ha falseado el significado del 1º de Mayo. Se lo ha convertido en un día ritual, de culto, de idolatría. La liturgia socialista no sabe pasarse sin iconos, sin estandartes, sin procesiones» (R. Mella, La tragedia de Chicago, México, 1977, pág. 136).

¿Puede volver el 1º de Mayo a conquistar su sentido originario? Evidentemente no, mientras el movimiento obrero no deje de ser un apéndice de los partidos políticos o un servil instrumento del Estado, mientras no logre enfrentar de nuevo (con otros métodos, pero con el mismo espíritu de los primeros años) al avasallante capitalismo de las transnacionales y al letárgico capitalismo de Estado, que gusta disfrazarse de socialismo.